EXALTACIÓN DE LA CANDELARIA 2010

En este apartado presentamos el texto íntegro de la Exaltación en honor a María Santísima de la Candelaria, titular mariana de la hermandad del Huerto, pronunciada el pasado día 22 de enero de 2010 en la parroquia de San Francisco y San Eulogio de Córdoba por D. Salvador Giménez Molina, Hermano de esta corporación. El pregonero fue presentado por el exaltador del año anterior, D. José Joaquín Cuadra

 

    La oscuridad va cediendo. Poco a poco, la luz se va haciendo presente. Córdoba despierta a un nuevo día. El antes barro rojo de los tejados, hoy negruzco por la pátina que le da el tiempo, luce refulgente gracias al rocío de la mañana. Sobre los cantos del pavimento de El Portillo, frontera entre la Médina y la Axerquía, unos pasos  presurosos y rápidos, caminan antes de que rompa el alba. Más abajo, como dos hileras de mudos penitentes, los naranjos de la castiza calle de la Feria se alzan majestuosos. Son testigos silenciosos de la vida diaria de una de las arterias de la ciudad. En sus verdes copas,  brillantes por el relente, centellean frutos rojizos y dorados, que antaño fueron florecillas plateadas, y que hoy policroman y dan iluminación singular a una calle sin igual. Sólido, pétreo y esplendoroso, se alza en el centro de la calle, el pórtico que daba entrada al convento franciscano de San Pedro el Real. Desde lo alto del mismo y desde su privilegiada atalaya, el ‘poverello’ de Asís cuida y bendice a los vecinos de su barrio, así también como a los viandantes que pasan ante sus ojos.  Tras el pórtico, el compás. Recoleto, silencioso y coqueto. Esbelta palmera, cual callado centinela, y coquetos naranjos hacen guardia  a la que fuera casa grande de los franciscanos en Córdoba. Fachada recia, que no fría. Barroca su cordobesísima arquitectura. En ella las placas  de mármol gris, semejando al hábito franciscano, juegan a un extraño y misterioso juego, donde superponiéndose unas a otras, forman relieves, pilastras y moldurones. El matemático retozo de la piedra, se quiebra en el centro. En una hornacina se alza la efigie del Rey Santo. Fernando III, aquel que reconquistó la ciudad para la Cruz, Dios y Castilla. Como bien dijo nuestro hermano, Javier Tafur en  el último pregón de Semana Santa, sin el Rey Santo, hoy no seria posible que estuviésemos congregados en este sagrado recinto. La luz sigue ganando su pleito a la sombra. Sobre sus antiguos goznes  las pesadas puertas del templo se abren de par en par. Se atisba una cruz. Tras ella los fieles alumbran con níveos cirios de cera. Entre ascendentes volutas de perfumado incienso se vislumbra una luz. Luz confortante, Luz divina, Luz intercesora, Luz mediadora, Luz corredentora. Es la luz de la Madre de Dios. La luz, Luz de luces,  ha derrotado a la sombra. En la aurora de un nuevo día el rezo del Santo Rosario rasga el silencio de la mañana.  
 

    Dignísimas autoridades municipales, Sr. Hermano Mayor y Junta de Gobierno de la Hermandad y Cofradía de Nuestro Padre Jesús en la Oración en el Huerto, Señor Amarrado a la Columna, María Santísima de la Candelaria, Nuestra Señora del Amparo y San Eloy Obispo, Sres. representantes de la Agrupación de Hermandades y Cofradías de Córdoba, hermanos y hermanas, señoras y señores: 
 

    Buenas noches a todos. En primer lugar tengo que agradecer a mi presentador, sus exageradas y desmesuradas palabras hacía mí persona. Esto forma parte del guión de todo pregón o exaltación, pero sé hermano, que tu presentación la has hecho desde el cariño y la amistad. Gracias. También quiero dar las gracias a ‘mi’ Hermandad del Huerto por haberme invitado este año a exaltar y pregonar las divinas excelencias de María Santísima bajo su advocación de la Candelaria, en este marco sin igual que es la iglesia fernandina, antiguo convento de San Pedro el Real, hoy parroquia de San Francisco y San Eulogio. Ahora solo espero, que mi torpe verbo y humilde palabra, sean capaces de cumplir la misión que me ha sido encomendada. 
 

    He querido comenzar, evocando los años de mi adolescencia, tan cercanos y lejanos a la vez, cuando contaba los días que quedaban para los cultos en honor de María Santísima de la Candelaria. El Rosario de la Aurora, bella y antigua tradición que nuestras hermandades se encargan de mantener, era y es, el acto de culto que sirve de pórtico al mes de febrero, mes de la Candelaria por excelencia. El último domingo de enero, la antigua collación de la Axerquía honra a la Madre de Dios con el sentido rezo del Rosario ¡Qué emotividad tiene el rezo del Santo Rosario al alborear un nuevo día! La soledad y silencio de nuestras calles son rasgadas y rotas por los avemarías, padrenuestros, misterios y oraciones que se suceden unas tras otras, en loa y ofrenda a María Santísima.  Cuenta una antigua tradición secular,  que por cada avemaría que se reza a la Madre de Dios, le estamos ofrendando una flor. A una madre no se la obsequia con una flor cualquiera. Para una madre se quiere lo mejor, y si a una madre hay que regalarle una flor, se le regala la más bella y hermosa de las flores. Si existe una flor bella, fragante y hermosa entre todas, ésta sin dudarlo es la rosa. Por esto por cada avemaría le estamos regalando a la Virgen una bella y hermosa rosa. Por ello con el rezo del Santo Rosario le estamos ofrendando a la Virgen Santísima, no una, si no muchas rosas, tantas que con ellas se podría trenzar una corona. Una Corona de Rosas. Por ello, si la rosa es la reina de las flores, el rezo del Santo Rosario es la rosa de todas las devociones.

    Discurren las primeras horas de la fría mañana dominical de enero. La comitiva avanza lentamente por las calles solitarias, donde algún curioso madrugador se detiene respetuoso para contemplar y ver la imagen de la Madre de Dios. Las vecindonas, aquellas de las que hablaba Rafael de León en sus versos, apartan con disimulo los visillos de las ventanas. Su objetivo no es otro, que ver sin ser vistas, la fervorosa comitiva. Los primeros rayos de sol dan calidez al ambiente. Córdoba se despereza poco a poco. Los trinos de los pájaros urbanos, estorninos, gorriones y vencejos, se mezclan con los cantos populares de los fieles. Las cuentas del Rosario pasan, de una en una, parsimoniosas y calmosas entre los dedos. Los distintos misterios, gozosos, dolorosos y gloriosos, se suceden. Son rezados y meditados con devoción de todos los asistentes. La parihuela que porta a la sagrada imagen de la Virgen, avanza poco a poco por las calles. Por allá donde pasa, un halo de luz se hace presente. Podemos pensar que es la luz de un nuevo día que se va alzando en plenitud, pero la realidad no es otra que la Virgen María, la Madre de Dios, nuestra Madre, desprende una luz divina, luz mística y espiritual que nos ilumina a todos y cada uno de nosotros. María es la luz de todos los cristianos. 
 

    Me críe y di mis primeros pasos en una vieja casa de la calle Encarnación, muy cerca del monasterio cisterciense del mismo nombre. Allí desde niño las cofradías llamaron poderosamente mi atención. Mis padres me educaron, al igual que lo hicieron con ellos, en la fe de sus mayores. De ello me siento orgulloso y a la vez seguro que el entorno familiar es vital en la educación cristiana del ser humano. Mis padres, cofrades los dos, me llevaban junto a mi hermana a ver las estaciones de penitencia de las cofradías. El contacto con éstas en el barrio era escaso. Solo la cofradía del Cristo del Amor rozaba cada Domingo de Ramos la esquina de mi calle al subir por Torrijos, pasar por Cardenal Herrero y Magistral González Francés. Tras el frustrado intento de implantar la Carrera Oficial en los aledaños de la Catedral y Casa Episcopal, la vieja collación de Santa María estaba huérfana de cruces de guía, nazarenos, cera, pasos, tambores y cornetas. Hoy la razón ha hecho ver que la Estación de Penitencia en el primer templo de la ciudad, es el obligado objetivo de la vida pública de nuestras hermandades. Las estaciones de penitencia son protestaciones públicas de fe, y es en estos tiempos en que vivimos, donde se trata de apartar a Dios de la sociedad y marginar la cruz, cuando las cofradías, como iglesia que son, tienen que demostrar sus fines y objetivos primordiales. Esperemos que en un futuro, que se antoja no muy lejano, la Catedral de Córdoba sea paso obligado para nuestras hermandades y cofradías en cada primavera, dando así verdadero testimonio de fe, haciendo efectiva estación de penitencia en el primer templo de la Diócesis.  
 

    Retomando los recuerdos de la infancia, a finales de la década de los setenta, nos mudamos muy cerca de aquí. Concretamente a la calle Cabezas, allí donde la tradición cuenta que fueron expuestas las cabezas de los siete infantes de Lara. En mi nuevo barrio, muy al contrario del de donde venia,  si se respiraba un ambiente cofrade. La calle de la Feria, era y sigue siendo paso obligado de muchas cofradías en su camino hacia Carrera Oficial.  Penas de Santiago, Amor, Vía Crucis, Pasión, algunas veces Misericordia, Descendimiento y Soledad subían por la vieja calle con doble escolta de penitentes. Una la de los nazarenos que integraban su cortejo, otra la de los floridos naranjos. Arboles que divina escoltan van dando al Señor y a su Divina Madre por la calle San Fernando. Luego en nuestra nueva parroquia radicaban dos cofradías. Una con solera y legataria de un rico pasado histórico. Cofradía que cada Jueves Santo derrama la Caridad de Nuestro Señor por las calles de Córdoba. La otra más nueva, que despertaba de un letargo y ostracismo que la había llevado a dejar de procesionar y a no tener vida pública, sin bien la devoción de los fieles y del  barrio a sus titulares, la hizo no languidecer jamás en el corazón de los cordobeses. Por ello a mediados de los setenta renació con fuerza y con unas ganas de revivir tremenda, que con el tiempo no solo lo ha conseguido, si no que lo ha acrecentado.  Me estoy refiriendo a la añeja hermandad gremial dieciochesca de hortelanos y guadamacileros, la hermandad de la Oración en el Huerto. A mi hermandad del Huerto. 
 

    Me viene a la memoria una fría y lluviosa mañana de un Jueves Santo. El viejo refrán popular, aquél que hablaba de los tres jueves del año que relucían más que el sol, ese no se había cumplido. Eran los primeros años de los setenta si la memoria no me falla. Junto con mi padre entre en esta Iglesia. El renacentista paso del Señor de la Caridad, León de Judá crucificado, con su característico calvario de clavel rojo flotante, se encontraba junto al pórtico. Un ir y venir de gentes le daban al plúmbeo día un colorido de tonos grises oscuros y apagados. Obviamente, la procesión de seguir la lluvia sería suspendida, como así fue. Mi padre se encontró casualmente con un viejo amigo, Emilio Villarreal, hermano activo de la Hermandad del Santo Sepulcro, a la que hoy me encuentro muy vinculado. Este señor,  le comentó que la Hermandad del Huerto estaba en trámite de reorganizarse. Nos acercamos a la capilla donde se encontraban las imágenes titulares de la hermandad. Me cautivó la mirada de Jesús en el Huerto. Elevada al cielo me llamó poderosamente la atención. Se encontraba la imagen vestida con una túnica morada, sin potencias, austera, pero aún así desde ese momento soñé con ver a ese Cristo por las calles de Córdoba. También me conmovió la desnudez frágil y masacrada del Señor Amarrado a la Columna, iconografía hasta entonces desconocida para mí.

    Tuvieron que pasar aún unos años para que viese a Jesús de la Oración en el Huerto por las calles de la ciudad. Era la Semana Santa de 1976 y en el comienzo de la calle Gondomar, tuve la ocasión de ver cumplido mi sueño.  Los nazarenos vestían túnicas verdes oscuro con antifaces blancos de raso, los cirios al cuadril, que no a la cadera. Aquellos colores y forma de portar la cera, eran novedad en nuestra Semana Mayor, y por lo tanto lo eran también para los ojos de un niño. También otra cosa me llamo poderosamente la atención. Y es que el paso no era llevado por la fría tracción de un chasis con ruedas, cosa habitual en aquella Semana Santa del pasado mas reciente. Un hombre valiéndose de unas voces, ora de ánimo, ora de mando, ayudado por los toques de un pequeño aldabón, le daba vida aquel sobrio paso oscuro que portaba la imagen, aquella que solo unos pocos años antes había contemplado en la soledad de su capilla.  ¡Que distinto era todo! El silencio y la soledad de aquella mañana, habían dado paso al regocijo, al aplauso y al fervor del pueblo de Córdoba. Un pueblo que con alegría recibía la vuelta a sus calles del Jesús Orante en el Huerto. Con tan corta edad, lo decidí en el momento. Algún día tenía que hacerme hermano de aquella hermandad, vestir la verde túnica y cuando fuese mayor salir bajo el paso, como aquellos divinos ‘galeotes’ anónimos que levantaron hasta el cielo a Jesús en el Getsemaní de la calle Gondomar. 
 

    Con el traslado a la calle Cabezas vi cumplido mi sueño. En la cuaresma de 1979 y con 500 pesetas ahorradas, acudí al salir del colegio presuroso y nervioso al local, que frente al viejo claustro franciscano la hermandad aun posee. De allí salí contento con una bolsa de plástico que contenía una túnica verde oscuro, un antifaz blanco de raso y un cíngulo blanco franciscano. También una papeleta de sitio que decía: Cirio tramo Virgen. Jamás había tenido en la mano un documento de ese tipo. Ese salvoconducto que te permitía el privilegio de pasar al interior de la iglesia cuando a nadie se le permitía e igualmente formar parte viva y activa de la procesión.  El nombre de la hermandad encabezaba la papeleta. Hermandad y Cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Oración en el Huerto, Señor Amarrado a la Columna y María Santísima de la Candelaria.  Hasta aquel entonces no había reparado en la advocación de la Virgen. Candelaria. Que nombre tan hermoso. El domingo siguiente tras la misa, me pare en la capilla de mis nuevos titulares. Tras mirar a Jesús Orante, que ya tenía mi devoción, mire detenidamente la imagen de la Virgen. Morena, ojos grandes, rasgos de dolor, dramatismo en su rictus. Pero aquella imagen a pesar de su dolor desprendía algo. La Candelaria quería decirme algo. A partir de aquel momento siempre que pasaba por la capilla, bien tras de la misa de los domingos, o cuando el querido “Maño” nos pedía ayuda a los chavales con algún trabajillo de la parroquia, me paraba a ver las imágenes. Cada vez más me atraía la mirada dolorosa y a la vez llena de mensaje de la Virgen, pero no comprendía lo que Ella quería decirme. Su nombre, lleno de luminosidad, comenzó a partir de entonces a serme familiar. Candelaria. 
 

    En el cuarto misterio gozoso del Santo Rosario se nos relata la presentación de Jesús en el templo. Es ahí donde tiene origen la festividad que nos preparamos a celebrar y la advocación de Nuestra Amada titular. Y es que en el hogar de Nazaret se cumplían los preceptos de la Ley de Moisés. Jesús fue educado por María y José en la fe de sus mayores, en las creencias, costumbres y normas de la religión judía. Esta decía que si una mujer daba a luz un niño varón, permanecía impura durante siete días. Al octavo día de su nacimiento, el niño fue circuncidado como nos narra San Lucas en su evangelio: “Y pasados los ocho días para circuncidar al niño, llamaron su nombre JESUS; el cual le fue puesto por el ángel antes que Él fuese concebido en el vientre.” Aún así la madre debía permanecer treinta y tres días más en purificación de su sangre. María, fiel cumplidora de la fe de sus mayores, permaneció ese tiempo en su casa, cuidando de su hijo como cualquier madre que se desvela y desvive en los primeros días de vida de un niño. Pasados los treinta y tres días y cumpliendo los preceptos de la ley hebrea, María acudió al templo para redimir a su primogénito, ofrendando dos pichones como sacrificio, quedando así según la ley mosaica, limpia y pura su sangre.

    A este acto de obediencia prescrito por la religión judía, al que Jesús y María no estaban obligados, no es más que una gran lección de humildad. No es más, que un culmen de la meditación anual sobre el gran misterio de la Navidad, aún tan cercana, en el que el Hijo de Dios y su divina Madre se nos presentan desamparados y despreciados en el establo de Belén, esto es, en la extrema pobreza de los pobres y de los desterrados.

    Volviendo a lo que nos cuenta el evangelista San Lucas, el encuentro del Señor con Simeón el justo y Ana la profetisa en el Templo, resalta el aspecto sacrifical de la celebración y la comunión personal de María con el sacrificio de Jesús de Nazaret, pues cuarenta días después de su divina maternidad en el establo de Belén, la profecía de Simeón le hace vislumbrar las perspectivas de su sufrimiento: “Una espada te atravesará el alma”. La Virgen, gracias a su íntima unión con la persona de Cristo, queda asociada al sacrificio del Hijo. No maravilla, por tanto, que a la fiesta de la Candelaria se le haya dado en otros tiempos mucha importancia, tanto es así que el emperador Justiniano decretó el 2 de febrero día festivo en todo el imperio de Oriente. Más tarde Roma adoptó la festividad a mediados del siglo VII, y el Papa Sergio I (687-701) instituyó la más antigua de las procesiones penitenciales romanas, que salía de la iglesia de San Adriano y terminaba en Santa María Mayor. El rito de la bendición de los cirios, del que ya se tiene testimonio en el siglo X, tiene su inspiración en las palabras de Simeón: “Mis ojos han visto tu salvación, que has preparado ante la faz de todos los pueblos, luz para iluminar a las naciones”. De esta profecía de Simeón viene el nombre popular de esta fiesta: la así llamada fiesta de la “candelaria”. Más tarde la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II le devolvió el título que tenía al principio “Presentación del Señor”. Es decir, la oferta de Jesús al Padre, en el Templo de Jerusalén, que es un preludio de su sacrificio en la cruz en el Gólgota. 
 

    En la Córdoba callada y sola que cantó el poeta, esta celebración no pasó por alto. Corría la centuria del cuatrocientos. Córdoba había sido reconquistada dos siglos  antes por el Rey Santo. En una señorial casa de la collación de San Pedro vivía una señora piadosa, de nombre Aldonza Martín, que había enviudado recientemente. Su difunto esposo,  Simón Pérez, comerciante de lino, le había legado un patrimonio más que suficiente para no pasar penuria alguna. Aldonza vivía desahogada, entregada a la oración y a los quehaceres de una rica viuda cordobesa del cuatrocientos. El invierno comenzaba a remitir en una Córdoba que se desperezaba de los meses fríos y lluviosos de un invierno que tocaba a su fin. Los días comenzaban a ser más largos y en ocasiones más cálidos y agradables. No obstante de cuando en cuando volvía el clima invernal, recordando que la ansiada primavera aún le quedaba por llegar. Una de esas tardes inclementes de febrero, Aldonza salía de misa de la iglesia de San Pedro. Sus ropajes y compañía revelaban de su privilegiada y desahogada posición económica. Antes de oscurecer Aldonza quería pasar junto con su administrador a cobrar unos arriendos de las casas que poseía en la calle del Baño.  Tomo la calle La Rosa y una humilde mujer llorosa, en cuya mirada se reflejada la soledad y desamparo, con una pequeña niña pequeña en brazos la suplicó: “Doña Aldonza, no tengo dinero para pagarle. Mi marido ha muerto y el poco dinero que teníamos ha servido para enterrarlo cristianamente. Somos muy humildes y a poco tenemos para comer mi pequeña hija y yo. Tenga compasión de mí y de mi pequeña.” Aldonza Martín conmovida ordeno al administrador entregase a aquella mujer algunos maravedíes de plata. La rica viuda del linero asió del brazo a la infeliz mujer y le dijo: “No te preocupes, yo tengo una posición desahogada gracias a los bienes que dejó mi marido y nunca te ha de faltar de nada, mientras pueda.” En la paz de su alcoba mientras rezaba el Santo Rosario, aquella rica mujer, no cesaba de pensar en aquella desamparada y su pequeña hija. ¿Cuántas y cuantas mujeres viudas y abandonadas carecían de lo que a ella le sobraba? Su piedad, lo que hoy llamaríamos solidaridad, le hizo donar las casas que poseía en la calle del Baño y fundar un hospital para acoger a huérfanas y viudas virtuosas. El nuevo hospital quiso Aldonza fuese dedicado a la Santísima Virgen bajo la advocación de la Candelaria, ya que tuvo su encuentro con la viuda la tarde noche del día dos de febrero, cuando salía de la parroquial de San Pedro tras el rezo del Santo Rosario y la celebración de la misa. Para tal fin se formó una cofradía que comenzó a atender a las desdichadas de la vida que habían quedado viudas y sin recursos algunos. Pronto las casas de la calle del Baño quedaron pequeñas y la cofradía decidió comprar otras de mayor tamaño en la calle de la Parrilla, en la collación de San Nicolás de la Axerquía. No sin muchos sacrificios se logró edificar una ermita con sus dependencias. Desde el palacio episcopal se aprueban las reglas en febrero de 1488, siendo reformadas para mejor adaptarse  al paso del tiempo, pero siempre y en memoria de su fundadora, con el reconocimiento al clero de San Pedro de recibir el pago de la fiesta de la Purificación por haberse hecho la fundación en su feligresía. La cofradía gracias a su gestión y caritativa obra, gozó de prestigio y reconocimiento. Tanto del estamento civil como eclesiástico, este último avalado por Bula alcanzada por su prioste Bernardino López, en que el Papa Julio II concedió en 1505 cien días de indulgencias a todos los que visitasen la Ermita de la Candelaria los días de Reyes, Purificación de la Virgen, la Encarnación, San Pedro y San Pablo y San Miguel. Popularmente su labor tampoco pasa desapercibida entre los artesanos y gentes que habitan el barrio de la vieja Axerquía, tanto que la calle de La Parrilla es conocida como calle Candelaria,  nombre con el que ha llegado hasta nuestros días. 
 

    El pueblo de Córdoba, al igual que toda la cristiandad, comenzó a celebrar la fiesta de la Purificación de la Virgen María. No solo quedó esta devoción en la collación artesana de la Axerquía, en toda la ciudad arraigó profundamente este fervor. La humidad que mostró María en el cumplimiento de una ley, a la que por su divinidad no estaba obligada, fue causa de admiración entre los pobladores de la ciudad. Llegado el día 2 de febrero los cordobeses honraban el gesto de la Madre de Dios y celebraban solemnes funciones religiosas en la Catedral, en el convento dominico de San Pablo y en la fernandina iglesia de Santa Marina. En esta última, donde la vida triunfa sobre la muerte cada Domingo de Resurrección, tenía lugar una eucaristía en honor de la imagen sagrada de Nuestra Señora de la Luz atribuida, como la antigua imagen de los Dolores Gloriosos, al talento y gubias de Alonso Gómez de Sandoval. Su cofradía fundada en el siglo XVIII en una pequeña ermita, hoy desaparecida, en la Cuesta del Bailio costeaba como he dicho una devotísima función religiosa. Los fieles vestidos con sus mejores ropas, la ocasión así lo requería, se acercaban hasta el templo. El barrio del viejo matadero, donde el aire era rasgado por el vuelo de un percal dibujando unos lances a la verónica rematados con una gallarda larga cordobesa, se convertía en un hervidero humano. Tras la misa, gentes de toda la escala social cordobesa subían jubilosos hacía la Puerta del Colodro por la calle Mayor o Ancha de Santa Marina. Una vez pasado el convento de San Acisclo y Santa Victoria, donde hoy la cofradía mercedaria honra a Jesús Sacramentado, tomaban las Ollerías con dirección hacía la Fuensantilla para proseguir hasta el arroyo de Pedroches. La colorida comitiva formada por caballistas a lomos de corceles de pura raza española que acompasaban el movimiento de sus mosqueros a su grácil paso, vestidos con el recio marsellés de paño y tocados por el clásico sombrero cordobés; piconeros del barrio con sus borriquillos enjaezados a la calesera para la ocasión; gente del matadero del Campo de la Merced, alguno que otro con incipiente coleta torera bajo el ancho sombrero, y sobre todo gente del comercio que habían tomado como patrona a la Virgen María en el momento de su Purificación.

    El campo se encontraba verde. El invierno había comenzado a perder su crudeza. Los días eran cada vez más largos. La primavera no tardaría en llegar. La explanada existente junto al arroyo estaba llena de vida. El sol vertía sus rayos sobre la verde pradera, dando colorido a los trajes de las mujeres. Los grupos eran también variopintos. Unos, los más castizos, se arremolinaban en torno a mujeres morenas que bailaban al compás de guitarras tañidas por rudos hombres con patillas de boca de hacha. Otros, los familiares, se divertían, jugaban y reían mientras degustaban productos típicos de la tierra. Las candelas se encendían antes de que la tarde cayera. Poco a poco la noche se haría presente y el campo quedaría de nuevo solo y callado. Los cordobeses regresaban a la ciudad tras la jornada festiva. La comitiva, ahora teñida de gris con la puesta de sol, volvía silente y callada. La romería de la Candelaria había tocado a su fin. Esta celebración religiosa y romería posterior tuvo continuidad con los tiempos. Se había convertido en algo tradicional en la vida de la ciudad. A mediados del siglo pasado la tradición fue interrumpida. Digo que fue interrumpida porque las tradiciones no se rompen, solo se interrumpen y no paso mucho tiempo para que la fiesta de la Candelaria volviera a tener relevancia en el calendario de las solemnidades de nuestra Córdoba. 
 

    La reorganizada nueva hermandad de la Oración en el Huerto, no solo volvió para sacar del ostracismo a una corporación de gran vitalidad en siglos anteriores. También, y gracias al buen criterio de sus nuevos componentes, sirvió para la recuperación de unas de las devociones propias de nuestra Córdoba. La Purificación de la Virgen. Quién sabe si estos hermanos refundadores, conocedores de la importante obra social llevada a cabo por Aldonza Martín, fundadora del primigenio hospital y posterior ermita de la Candelaria, o quién sabe también si inspirados por la Virgen misma, deciden advocar a su nueva imagen titular, salida de las gubias de Antonio Rubio en el antiguo caserón de los Valverde en la calle Abejar, con el nombre de Candelaria. Desde entonces el día dos de febrero se ha vuelto a marcar de rojo en el calendario, no solo para los hermanos de Getsemaní, sino también en el de toda la ciudad.  
 

    Dentro de pocos días en el tradicional Rosario de la Aurora, la imagen de la Virgen saldrá a las calles. Cuando recorra las calles de “su” Axerquía, nos estará invitando para el gran día. Debemos de aceptar su invitación y hacer que este templo y sus aledaños se llenen para honrarla en su festividad. Me viene a la memoria el recuerdo de los primeros años en que participe en la fiesta. Años de juventud en los que me iniciaba en el mundo de las cofradías. ¡Con que ilusión hacíamos los preparativos! El brasero, el romero, el pan, los pichones que la mayoría de las veces sacábamos del palomar de Curro Carmona en el viejo corralón de Bataneros. Luego por la noche la iglesia era un hervidero. El aroma a romero quemado, las velitas encendidas, aunque luego venían las riñas de Anita, las sentidas homilías de Don Francisco Galvez (q.e.p.d.), ver pasar a los pequeños debajo del manto. Luego cuando todo pasaba, nos dábamos cuenta que la gran cuenta atrás para el Domingo de Ramos, había comenzado. Los días comenzaban a ser más largos. Tanto como las largas colas de fieles el primer viernes de marzo en el Rescatado; las copas de los arboles pasan del sepia al verde; nuestros naranjos de la calle de la Feria y los del Compas un año más cumplen su ciclo y se blanquean de bolitas argénteas. En la hermandad todo es trabajo, ilusión y ganas. El Domingo de Ramos, día grande en esta santa casa, está a la vuelta de la esquina.

    Llegado el día las puertas de este templo se abren de nuevo para que la Candelaria de la Axerquía ilumine a Córdoba, a su pueblo que un año más la espera con impaciencia. Bajo su palio rojo de rocallas irá alumbrando y deslumbrando a todos, mimada y mecida por sus divinos costaleros que con su cerviz ofrendan su trabajo que se hace oración en cada “chicotá”, tratando de consolar el llanto contenido de su madre. Es cuando el paso, a los compases de lo escrito en las líneas de un pentagrama, se abre paso por las calles en su cita anual por las calles de esta Córdoba, discreta y callada. Todo pasa en un abrir y cerrar de ojos, como la vida misma.

    Recordando los años de la juventud, tan cercanos y a la vez lejanos, siempre estuve cerca del Jesús orante en el Getsemaní de naranjos en la Axerquía que perfuman a Córdoba con el Azahar de San Francisco, fui muchos años su costalero en un grupo corto de número en un principio pero grande en ganas y corazón, comandado por nuestros hermanos y amigos Rafael Bracero y Paco Cantillo. Luego en mi vuelta tras algunos años, cual hijo prodigo, mas mayor, más maduro, con la felicidad que me dan mi esposa y mi hija, estoy cerca del Jesús que pena amarrado a una fría y marmórea columna, el Señor de la Columna, aquel que esperó tantos años en la soledad de la capilla su ansiada vuelta a las calles. Y María su Madre, que por suerte ya sé lo que su mirada dolosa quería decirme desde niño. Y es que a Jesús se llega por María. Jesús desde la cruz dijo:  “…Mujer ahí tienes a tu hijo…Ahí tienes a tu madre”. Así Cristo convierte a su madre, porque lo llevó dentro de su ser, en Madre de todos nosotros, por lo tanto todos tenemos una madre común. Jesús desde el pesebre de Belén hasta su sacrificio en la cruz, tuvo un nexo especial con su Madre, por ello lo que nos redime es la gracia que Jesucristo nos mereció con su muerte en el Calvario. Pero Dios desde el momento de la concepción de Cristo en el vientre de María, ha querido que sea Esta la que nos dispense esa divina gracia, gracia que la Virgen nos da a todos nosotros cuando acudimos a Ella con la confianza de un hijo hacía su madre. 
 

   A JESÚS POR MARÍA, por esto quiero terminar con una cita del último Doctor de la Iglesia, San Bernardo de Claraval, apasionado enamorado de la Virgen, primero en considerarla medianera de todas las gracias y principal intercesora de todos nosotros ante su Hijo y Redentor: 
 

    “Con todo el corazón y con todos nuestros afectos veneremos a María, porque esta es la voluntad de Aquel que ha querido que todo lo tuviéramos por medio de María.” 
 
 
 

HE DICHO