PREGÓN DE LA SEMANA SANTA 2.004

En este apartado presentamos el pregón de la Semana Santa de Córdoba 2.004 pronunciado el pasado día 27 de marzo en el Gran Teatro de Córdoba por Dña. María del Sol Salcedo Morilla Dª María del Sol Salcedo Morilla, académica y cofrade de la Hermandad de San Álvaro de Córdoba y primera mujer pregonera en la historia de nuestra Semana Mayor

 

Excelentísimo y Reverendísimo Señor Obispo de la Diócesis.

Excelentísima Señora Alcaldesa-Presidenta del Excelentísimo Ayuntamiento de Córdoba.

Ilustrísimos Señores Presidente y Junta de Gobierno, de la Agrupación de Hermandades y Cofradías, Hermanos Mayores, Hermanos y Cofrades.

Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades.

Señoras y señores:

 

Mi primera obligación de esta noche es dar las gracias al presentador.

Como pueden ustedes suponer, estas líneas de agradecimiento las he compuesto sin saber lo que Don Antonio Gil iría a decir de mí, pero puedo asegurar que todo, ha sido excesivo. Mi suerte es que me haya presentado una auténtica personalidad: excelente párroco, fascinante predicador, erudito escritor y admirado pregonero de la Semana Santa cordobesa. De los méritos que haya recabado para mí,  ninguno es tan importante ni me capacita tanto para pronunciar este pregón, como el inmenso amor que siento por Córdoba, que ahora se me desborda y me emociona y me pone el nudo en la garganta, mientras piso el escenario del Gran Teatro, precisamente hoy, que se celebra el Día Mundial del Teatro. Gracias, Don Antonio, por su cariño y sus palabras.

 

En la antesala presidencial de Cajasur, enriqueciendo el tramo de pared que le da izquierda a la entrada, se ofrece a la vista un cuadro de Julio Romero de Torres, pintado al óleo, cuyas medidas nos permiten admirarlo desde cerca, y recrearnos en su belleza.

 

La obra fue creada en 1918.  Se llama “La Saeta” y es, por sí misma, un completo pregón de Semana Santa…

 

Pero no quiero empezar sin acudir al estilo de aquellos oradores sagrados, que inmediatamente después de exponer el tema,  invocaban a Nuestro Señor o a la Santísima Virgen, pidiendo ayuda para la brillantez, profundidad y religiosidad de sus sermones…

 

Mi invocación va a ser breve: una oración consistente en un soneto. Un poema poco conocido, de un gran poeta que procuraba ocultar que lo era. Me refiero a un recordado obispo de Córdoba: el dominico Fray Albino Gónzález Menéndez-Reigada, que nos dejó esta obrita, titulada “Los disfraces del Señor”.

 

Te vi pasar y no te conocí:

pasabas disfrazado de mendigo.

Fue de mi distracción duro castigo

no haberte en aquel pobre visto a Ti.

 

¡Ya tantas veces me ha ocurrido así!

¡Te he llegado a tomar por enemigo…!

Sólo después, por reflexión, consigo

darme cuenta de que has venido a mí.

 

¡Porque sueles venir tan disfrazado…!

¡Sueles, Señor, venir tan escondido!

Un superior que manda, un desgraciado

 

que pide, un necio que nos ha ofendido…!

¡Y al darme cuenta, al fin, de que has pasado

salgo tras Ti, corriendo, y ya te has ido!

 

Una definición nos dice que la saeta es la copla breve y sentenciosa que para excitar la devoción o la penitencia se canta en las iglesias o en las calles durante ciertas solemnidades religiosas.

 

Pero no encuentro exacto lo que se dice de que se canta para excitar la devoción o la penitencia. Porque es lo contrario: que se canta porque nos mueve la devoción o estamos obligados a cumplir una penitencia.

 

Fernando Villalón dijo de las saetas que eran inciensos de fe, Díaz Plaja las definió como la fe a gritos. La saeta es también una fe sin misterio, una flecha de amor que nos traspasa a nosotros antes de llegar a la imagen. Y yo añado: es un lenguaje de comprensión, de dolor a dolor, de sufrimiento a sufrimiento, la fe de rodillas.

 

Y esa es la figura central del cuadro “La Saeta” de Romero de Torres, cuya modelo fue Amalia la Gitana. Está vestida de negro, con mangas largas rematadas por encajes blancos; de sus labios está a punto de salir una saeta. Amalia está arrodillada sobre un reclinatorio, inspirado en la obra de Valdés Leal “La Virgen de los Plateros”.

 

El fondo del lienzo son dos antiguas casonas cordobesas: la portada del actual Conservatorio de Música y la Casa de las Bulas. Delante de los edificios, dos pasos procesionales de los que salían el Viernes Santo en la época en que Julio Romero realizó la pintura. Uno es el de la Virgen de los Dolores y el otro, el Cristo de Gracia.

Porque fue en una saeta dedicada a esta imagen donde se inspiró el pintor para llevar a cabo su obra. Se sabe cual fue y la transmito:

 

Ay, Santo Cristo de Gracia:

vuelve la cara hacia atrás;

dale a los ciegos la vista

y a los presos libertad.

 

Porque el cuadro, presenta en primer término, rodeando a la Gitana que representa a La Saeta cuatro impresionantes figuras: una vieja mendiga, una joven inválida, un hombre con las muñecas encadenadas y un anciano ciego. Son los cuatro versos de la saeta. Desarrollados así:

 

Cuatro palabras sencillas

sobre las llamas de cera;

cuatro columnas de lágrimas

en cuatro figuras tiernas;

cuatro pilares de versos

que en la clara noche tiemblan;

cuatro varales de orfebres;

cuatro palabras que hielan:

la Pobreza, la Prisión,

la Invalidez, la Ceguera:

los cuatro versos de plata

que hacen falta en la saeta,

cuando viene a mi pregón

y se hace flor cordobesa.

 

Desde que fui designada como pregonera de la Semana Santa me he preguntado qué se esperaba de mí. Por ser mujer, y la primera que hace este pregón, ¿se espera algo distinto? ¿Algún tema diferente? No quiero defraudar y he procurado captar los ecos, oír lo que voces anónimas, a veces parándome en plena calle, me proponían. Algunas personas, por ejemplo, desean que cuente mis experiencias de madre que, al fin y al cabo son las mismas que las de todas las madres. Quieren escuchar que plancho con mimo los cubrerrostros, las túnicas y las capas de mis hijos, especialmente en los bordes inferiores, borrando a fuerza de vapor la señal del dobladillo del año anterior, porque ha habido que soltarle ¡Han crecido tanto…!

 

 Que durante todo el año voy atesorando los papeles de estraza  –cada vez más escasos- que llegan a mis manos para interponerlos pacientemente entre la tela y el calor y sacar a conciencia los goterones de cera.

 

A los jóvenes les gusta saber que sus madres no tienen la exclusiva de la preocupación. Que yo también ando persiguiendo la procesión en que salen mis hijos, esperándola de esquina en esquina, comprobando en cuanto puedo que están bien, que no se marean, que siguen ahí; que observo sin parpadear, hasta que me duelen los ojos, las filas de nazarenos, intentando sorprender en alguno el gesto familiar que los delate y me permita reconocerlos o hasta que distingo entre todas las capas la que lleva uno de ellos, inconfundible, porque como es la que mi padre ha llevado en la procesión desde que era joven, debe tener ya más de sesenta años: los agremanes dorados han adquirido los difíciles tonos del oro viejo; los morados del muaré se han suavizado hasta volverse malvas; pero el escudo que le bordaron las adoratrices, continúa intacto y el raso negro sigue teniendo igual brillo y describe los mismos vuelos elegantes que envolvían a mi padre cuando subía la calle Alfonso XIII, de vuelta a nuestra casa, tras dejar recogida a la Virgen de las Angustias, primero en San Agustín y después en San Pablo.

 

Que, ya fuera de la carrera oficial, de vuelta al templo, les ofrezco agua, y me duele que la rechazen porque sé que están muertos de sed. Que reprimo, para no avergonzarles, mis deseos de abrazarlos y besarlos y acariciarlos y mimarlos, cuando se quitan el cubrerrostro y me compadezco de la palidez de sus caras.

 

Mis hijos son ya mayores, pero recuerdo el miedo que sentí la primera vez que salieron tapados. Por eso deseo dirigirme a todas las madres que este año tienen a un hijo o una hija, especialmente una hija, puesto que la cosa va de mujeres, desfilando por primera vez con cubrerrostro. Y, en nombre de ellas, pido:

 

Señor, mi nazarenita

va sola en la procesión:

hoy quiere salir tapada

porque dice que es mayor.

Desde pequeña, en mis brazos,

por las calles te siguió;

su inocencia fue mi ofrenda

y su peso, mi oración.

En mis brazos se hizo rezo

y en mis brazos aprendió

que sólo tú eres la vida

y en ti está la salvación.

Hoy, en ir contigo sola

pone su empeño mejor

y va a seguirte por Córdoba

sin mi amante protección.

De mi corazón de madre

sale este rezo de amor:

Señor, mi nazarenita

va sola en tu procesión.

Hoy no la tengo en mis brazos;

hoy, no la protejo yo.

Y por eso te la encargo:

¡Protégela tú, Señor!

 

Tras este vuelo poético dedicado a una nazarenita, me surge el recuerdo de una preciosa imagen de la Virgen que el Jueves Santo realizará su desfile procesional. Se trata de María Santísima Nazarena: gala, amor y devoción del barrio de San Agustín.  Lo cual me hace ponerla al frente de mi convocatoria verbal.

 

Porque, pensando en un pregón femenino me han venido a la cabeza temas femeninos que forman parte de la Semana Santa; no me refiero a cosas esencialmente femeninas, sino a aquéllas que gramaticalmente pertenecen al género femenino y no tienen forma masculina y, aunque la tengan, cambian totalmente de significado si se ponen en forma masculina. Voy a enumerar unas cuantas: sin ir más lejos, Semana Santa, saeta, camarera, procesión, trabajadera, potencias, palmas, olivas, papeleta de sitio, bandera, vara, vela, cera, capa, túnica… Esto sin contar los personajes presentes en la pasión de Cristo: La Virgen, María Magdalena, la Verónica, las Santas Mujeres e incluso Claudia Prócula, mujer de Pilatos…

 

Y en la trayectoria de los términos femeninos se encuentra la palabra Resurrección, que es la reunión del alma con el cuerpo, del que antes se había separado, consiguiendo así nueva vida. La Resurrección por excelencia, es la de Nuestro Señor Jesucristo. Sin la Resurrección el cristianismo no tendría sentido.

 

Por eso la saeta que más alto ha de llegar es el Domingo de Resurrección. La dispara el arco simbólico del año litúrgico porque resulta ser el punto culminante de su transcurrir, el arranque del tiempo pascual, de renovación de la vida, de triunfo, de inusitada alegría y alborozo de almas.

 

El Domingo 11 de abril, la Parroquia de Santa Marina de Aguas Santas, abrirá paso a la Pascua Florida, con la salida del Resucitado, entre un mar de tonos blancos y marfiles, ondulado con rasos azules. Cuando pase el Señor, luminoso y triunfal, se embellecerá la fachada que da paso a la puerta de la epístola con la llegada de la Reina de nuestra Alegría. Los blancos cirios recibirán un baño de oro del sol que afila sus rayos en la calle Moriscos y da luz a la Piedra Escrita.

 

Desde el deslumbrante Domingo de Resurrección hemos de regresar a la estructura de la epopeya bíblica, tratando de adecuarla a la imaginería cordobesa.

 

El relato retrospectivo, en conjunción con el sentimiento de la alegría, quedará plasmado el Domingo de Ramos en la imagen de Nuestro Padre Jesús de los Reyes, con la conmemoración de su Entrada Triunfal en Jerusalén, sustentada por la pobreza de su humilde cabalgadura y respaldado con sus potencias de plata.

 

Brillante exhibición de palmas y cirios blancos y amorosa fusión con la efigie de Nuestra Señora de la Palma, que luce su finura bajo el temblor del palio, cuyos reflejos revisten de oro la saya azul pavo real y el manto granate… Una combinación majestuosa ante el pórtico de la Parroquia de San Lorenzo Mártir.

 

La Semana Santa de Córdoba altera la segunda parte del año eclesiástico, incrustándole tres advocaciones pertenecientes al ciclo de Navidad: la Concepción, la Encarnación y la Candelaria. Las tres realizarán su procesión en el claroscuro del atardecer del Domingo de Ramos.

 

Una sugestiva estampa será la de María Santísima de la Concepción    –bajo palio- detenida ante el retablo a San Rafael de la calle de los Lineros. El río de nazarenos señala su regreso, entre saetas, a la parroquia de Santiago.

 

El Arcángel Rafael también, esta vez en el Puente Romano, coincidirá con María Santísima de la Encarnación. Esta bella Virgen –tercer paso de la Cofradía del Amor- adorna su presencia con las diversas tonalidades de los granates, supremos símbolos de la joyería. Y como su trono está alzado por mujeres, vaya de mi parte esta solidaria aportación lírica:

 

La Encarnación va en su trono

y en el río se refleja

como joya esplendorosa

de la Córdoba platera.

 

Luce en el Puente Romano

cuando, por Amor, la llevan

-cuadrilla disciplinada-

sus Hermanas Costaleras,

acompasando los pasos

y al límite de sus fuerzas.

Sienten, sufren, tiemblan, lloran,

sudan, se desgarran, rezan…

Fajas firmes, alpargatas

o pies limando las piedras

lastimándolos con llagas…

y costales que sostengan

el empuje insoportable

de las seis trabajaderas.

 

¡Todas a una y muy juntas!

¡Todas juntas, con firmeza!

¡No digan que las mujeres,

no llegarán donde quieran!

¡Codo a codo y hombro a hombro,

levantamos lo que sea!

 

La voz de mando que rige,

dice: -¡Paso a la trasera!

¡Paso atrás! ¡Paso de muda!

¡Paso “gateao”! ¡Ahí queda!

¡Pasos de lanzado y largo…!

¡Quietud para las saetas!

 

La gente está conmovida 

y apretada en las aceras.

Y mientras la Encarnación

derrama lágrimas tiernas,

la están levantando a pulso

sus Hermanas Costaleras.

Estaremos dentro de ese momento mágico de “entre dos luces” en este día de los ramos dominicales, cuando se nos ofrecerá la hermosa estampa de María Santísima de la Candelaria –blanca saya con bordado de oro fino y manto de terciopelo rojo como las candelas-. Su palio habrá de esquivar por milímetros el arco evocativo del Compás de San Francisco. Se deslizará una verde riada de nazarenos entre la guardia de honor que le formarán las dos filas de naranjos. Desde el Portillo, una voz femenina le cantará la primera saeta del anochecer.

 

Y aún no será posible fijar la posición del lucero de la tarde del Lunes, cuando en la plaza de San Nicolás brillará la belleza de María Santísima de Gracia y Amparo –las dos palabras más compasivas que pueden seguir a una sentencia-. El palio elevará el resplandor de la imagen –vestida con saya morada de oro fino- y la cera de la candelería, hará relucir el arbolado de la plaza, del que destacan dos palmeras estrechamente abrazadas por enredaderas de hiedra.

 

Sobre las ocho de la tarde del Lunes la esquina del Caño Quebrado reflejará los tonos azules del manto de la Virgen de la Vera-Cruz –María Santísima del Dulce Nombre-. El techo del palio, sostenido por seis varales por banda, embellecidos con sus macollas de plata, nos sorprenderá de estética y moverá nuestra devoción. Estoy segura de que ante la portada del Sagrario, habrá alguien que le cante una saeta, que bien puede ser esta:

 

No tuvieron compasión

y tu Hijo la muerte espera

al final de su pasión.

Esa es la Cruz verdadera

que lleva tu corazón. 

 

Los debilitados rayos del sol se enredan en el gran cedro del Himalaya, árbol que preside la plaza de las Dueñas, cuando pasa “La Sangre”. Y luce bajo palio su hermosura Nuestra Señora de los Ángeles. Va acompañada de San Juan Evangelista.

 

Como una rama desgajada de la Expiración, Nuestra Señora del Rosario. Habremos de situarnos en el Patio de los Naranjos para verla aparecer en la Puerta del Perdón. Es el sitio apropiado. Porque esta imagen fue coronada en la Santa Iglesia Catedral en 1993. Conjunción de cirios y azahares, mientras va muriendo la tarde del Viernes.

 

Mi último recuerdo del convento de Santa María de Gracia es el del locutorio de las dominicas. Mis padres me llevaron para que las monjas me vieran vestida para mi primera comunión y les entregara mi estampita. Sé que la comunidad cantaba el Miserere al paso del Cristo del Remedio de Ánimas. El convento ya no está, pero por el lugar que ocupó, la noche del Lunes pasa la Madre de Dios en sus Tristezas. No puede ser más apropiada para cobijar nuestros más íntimos sentimientos: la tristeza de una madre que camina tras su hijo muerto; el corazón materialmente roto de pena...

 

Las vírgenes cordobesas

que acabo de describir

han convertido las calles

en recuadros de jardín.

Sus salidas ampararon

crepúsculos carmesí;

y al regresar a sus templos

pusieron plata y zafir,

candelerías de estrellas

con sus cirios de marfil.

 

La luna bordó sus mantos,

sus sayas y su postín:

porque la humildad las hizo

más hermosas de por sí

y, sin querer, dan motivos

para poder presumir.

 

Aromas de incienso y flores

hay en cada camarín:

que las llevaron navetas

coronadas de alelí.

 

Y cuando se quedan solas

y sus puertas sin abrir

meditaremos que fueron

muestrario fino y gentil.

 

¡Ay, Vírgenes cordobesas:

luz de luz, principio y fin!

¡Qué pena me da que tarden

un año entero en salir!

 

En las citas anteriores no están comprendidas todas las advocaciones virgíneas de Córdoba. Por eso voy a ofrecerle un besamanos floral a trece dolorosas. Trece, como los patios de Viana. Una flor de cada patio para cada dolorosa.

 

1. El Patio Principal o de Recibo ofrecerá sus cinerarias a la Esperanza –manto de terciopelo verde- que sale de la iglesia de San Andrés Apóstol.

 

2. El llamado Patio del Archivo aportará un ramo de violetas a  la de la Amargura –manto de terciopelo azul- heraldo maternal de Jesús Rescatado.

 

3. El Patio de la Capilla hará ofrenda de una cestilla de azahar de sus limoneros para la de la Merced –manto azul pavo real- cuando realice su salida procesional de la parroquia de San Antonio de Padua.

 

4. A la iglesia de San Fernando, sede de la Virgen de la Estrella, le llegarán unos preciosos geranios procedentes del Patio de la Cancela.

 

5. Del alargado Patio de los Jardineros, una fila de gitanillas será cortada para María Santísima de la Trinidad –manto de terciopelo morado- amorosa acompañante de la Santa Faz.

 

6. María Santísima de Vida, Dulzura y Esperanza Nuestra, que estrena corona, es parte inseparable de la Piedad;  no podrá hacer carrera oficial por su lejanía, pero recibirá un bello panel de buganvillas color burdeos del Patio del Pozo, para que haga juego con las túnicas de los nazarenos.

 

7. El patio de la Alberca colocará a los pies de la Virgen de la Caridad, alma del Buen Suceso –manto de terciopelo negro- una purpúrea brazada de claveles.

 

8. Del octavo patio o Jardín saldrán  delicados lirios como donación para Nuestra Señora de la Piedad –manto de terciopelo azul marino- seguidora del Prendimiento.

 

9. El Patio de las Columnas entregará sus rosales trepadores a María Santísima del Amor –manto de terciopelo rojo- entronizada en la Pasión de la iglesia parroquial de la Paz. Junto a ella, San Juan Evangelista.

 

10. Aunque no salga en procesión, la Esperanza del Valle, prevista acompañante de la Sagrada Cena –linda efigie con blanca mantilla, galardón de la parroquia de San Álvaro de Córdoba- recibirá los pensamientos brotados en el Patio de la Madama.

 

11. La banderita española, flor popular del Patio de las Rejas, será para el Rocío y Lágrimas –manto de terciopelo verde- que efectuará su salida con el Perdón, de la antigua iglesia carmelitana de San Roque.

 

12. Nuestra Señora de las Lágrimas, gloria de la Misericordia –manto de terciopelo malva- se recreará en las rosas enviadas desde el recoleto Patio de los Naranjos.

 

13. Y por último, del pequeño Patio de los Gatos, llamado así porque es una réplica de los patios populares, saldrá la ofrenda de un verde tapiz de hiedra, para que contraste con el manto de terciopelo rojo de Nuestra Señora Reina de los Mártires –madre admirable- que efectúa su salida detrás del Cristo de la Buena Muerte. Este año, por primera vez, desfilarán nazarenas en esta cofradía.

 

Para que en las noches

de Semana Santa

pueda agudizarse

la fe religiosa

y que trece vírgenes,

bajo las estrellas,

atraviesen calles,

prendidas de aromas;

para que los palios

ritmen sus vaivenes

perfumando estrechas

callejas recónditas;

para que les canten

sentidas saetas,

que a sus mantos lleven

vuelos de palomas;

para que las amen

mientras las presencian;

para que les recen

quienes las adoran...

¡Patios de Viana:

de vuestros recintos

llevaron sus flores

trece dolorosas! 

 

El cuadro de “La Saeta” dedica uno de sus cuatro planteamientos a la Prisión. Y ésta es tan evidente en la Vida y Pasión de Nuestro Señor, que permite una especial composición, a través de nominaciones y referencias, una “Letanía de los Presos”:

 

Padre Jesús de la Sagrada Cena,

que cuerpo y sangre diste en comunión:

haz que todos los presos de violencia

hallen liberación.

Padre Jesús de la Oración del Huerto,

libra a los drogadictos de su horror.

Señor, que al Prendimiento te han vendido,

libérame a los presos de traición.

Tú, Jesús del Perdón, tan humillado

ante Anás, dales la liberación

a los que presos de humillar a otros,

gozan su humillación.

Jesús ante Caifás y los soldados

romanos y el esclavo, esclavos son

los que sufren cadenas de egoísmos

e ignoran el amor.

Jesús de la Sentencia ante Pilatos,

libra a los presos de su corrupción.

Jesús, ya desvalido, que ante Herodes

te custodia un sayón:

da libertad a los presos del desprecio

a los hijos de Dios.

Señor, que estás Atado a la Columna

como un vil malhechor:

da libertad a quienes viven presos

de la difamación.

Pilatos que a Jesús y Barrabás

buscas comparación,

que el Señor te libere junto a otros

de no querer cumplir tu obligación.

Jesús de la Merced, te han coronado

con espinas, libera al que feroz,

está hundido en presidio de torturas,

sin hallar compasión.

Jesús el Nazareno, Rescatado,

rescata de la desesperación

a los que las pateras nos trajeron

y están sin pan ni voz.

Nuestro Padre Jesús el de las Penas:

de estar presos de penas líbranos.

Jesús que en Vera Cruz, tu cruz abrazas:

quita su cruz mayor

a aquellos que se pasan larga vida

con su crucifixión.

Padre Jesús que vas con cruz a cuestas,

Nazareno de amor:

libera a las que sufren malos tratos

y ocultan, silenciosas, su dolor.

Santa Faz o Señor que en amargura

su calle recorrió:

libera la amargura de su cárcel

a aquellas que limpiaron tu sudor.

Nuestro Padre Jesús Caído y preso:

ten libre al pecador.

Jesús que estás llegando a tu Calvario,

dales liberación

a aquéllas que en la arena de las playas

dieron a luz un hijo, ya español.

Señor que de la paz estás saliendo,

Jesús de la Pasión:

de los enfrentamientos y la sangre,

Señor libéranos.

Jesús del Buen Suceso, deja libres

a los que presos de la envidia son.

Padre Jesús de la Humildad y Paciencia,

danos tu Paz, Señor.

 

Y que Córdoba en su Semana Santa,

se funda en el crisol

donde la fe hacia nuestros Nazarenos

-que van presos de Amor-

enriquezca con oros de la Gracia

el tesoro de nuestra Redención.

 

Recordemos que la saeta que sirvió de inspiración a la de Romero de Torres decía en el penúltimo de sus versos: “Dale a los ciegos la vista...”

 

Me atengo a él, porque la ceguera o total privación de la vista es la que eleva y cierra la trayectoria evangélica, con la Crucifixión y Muerte de Cristo.

 

Pero éste es el resultado final, porque en la línea de lo cristiano, la ceguera es la pérdida de la divina luz que proyecta Jesús.

 

Integremos la ceguera en las imágenes procesionales de los Crucificados de Córdoba:

 

Contemplemos al Cristo de la Agonía, en el Calvario de Mirabueno, mientras efectúa su salida en la tarde del Martes. Brota su cruz de un calvario de iris morados y claveles rojos, y va custodiado por morados cirios parpadeantes...

 

Veamos al Cristo de la Expiración, con la Madre a sus pies, sobre un calvario de iris morados y pitas y cirios de tiniebla, en el Viernes, mientras cruza los hitos de las columnas de la Catedral.

 

En el Martes, el Cristo de la Piedad –ya muerto en la Cruz- efectuará su procesión; pero estará ausente de la Carrera Oficial, que es la mayor aspiración de la Hermandad, por razones de distancia. Esto no mermará su devoción popular, desde la parroquia claretiana de las Palmeras.

 

Acudamos a Scala Coeli en el anochecer del Viernes de Dolores para acompañar la procesión del Cristo de San Álvaro, provistos de antorchas y luminarias, rezando el Via Crucis creado por San Álvaro. Luz de luz –dice el Credo- y el himno de nuestro Cristo, como contrapunto de la ceguera: “Tú eres la Verdad, la Vida y la Luz...”

 

Pongámonos en el Domingo de Ramos junto al Arco Bajo de la Corredera, a la puerta de la ermita del Socorro, para que los cirios morados y las túnicas rojas confluyan en el iris morado del Calvario, donde se alza el Cristo de las Penas, llevando a sus pies a Nuestra Señora de los Desamparados, acompañada de San Juan.

 

Esperemos en la noche del Jueves a que por la estrechez de la calle San Zoilo un cortejo de nazarenos –portando cirios rojos- anuncie el paso de la Caridad, concretado en el Cristo Muerto, con la Virgen arrodillada a sus plantas. El Calvario del trono es de claveles rojos, y del mismo color los cuatro blandones que marcan el rectángulo de la joya procesional.

 

Cuando el reloj señale las doce de la noche del Jueves, podremos rezar ante el Cristo de Gracia en el Realejo, cuando vaya de regreso a su templo. Situados ante el Crucificado están la Virgen María, San Juan y la Magdalena, sobre su calvario revestido de astromelias y espárragos silvestres, que le dieron su popular nombre de “El Esparraguero”. Revuelo blanco y negro, con las cruzadas cintas, roja y azul, que es el símbolo de los trinitarios.

 

Media hora después de haberse agotado el tiempo del Lunes, hemos de situarnos ante la Fuenseca, para la contemplación de un Cristo muerto en la Cruz: el impresionante Señor del Remedio de Ánimas. Calvario de iris morados. Sudario de brocado rojo. Faroles de mano antiguos, con los que se acompañaba a los Santos Óleos de los agonizantes... Cera roja dando guardia de honor a los atributos sacramentales. Y mientras, el incienso perfuma las notas del canto gregoriano.

 

Con el Cristo de la Buena Muerte poseemos el privilegio familiar de presenciar su desfile desde nuestros balcones de la plaza de Ramón y Cajal, en la madrugada del Viernes. Servirán de telón de fondo el gigantesco magnolio, las recortadas acacias, las airosas palmeras y el exuberante homenaje de varios naranjos... El crucificado pasará en su cruz, hincada en un calvario de preciosos lirios silvestres.

 

Con el Cristo de la Clemencia, de la Hermandad de los Dolores, hemos de darnos cita en el atardecer del Viernes, junto al Crucificado perenne de la plaza de Capuchinos, cuyo nombre de Cristo de los Desagravios y la Misericordia ha sido cambiado por el pueblo para decirle Cristo de los Faroles. El procesional de la Clemencia ostenta un calvario de iris morados, y lo encuadran cuatro faroles, semejantes a los ocho del Crucificado perpetuo de la emblemática plaza.

 

El Miércoles cerrará ciclo con la presencia del Cristo de la Misericordia, cantado por el poeta cordobés Isidro Osuna, muerto hace ya muchos años. Con un romance que se iniciaba diciendo:

 

Entre nazarenos blancos

sale el Cristo de San Pedro...

 

Este año hemos programado su contemplación para las doce de la noche, en la calle Conde de Cárdenas, en la puerta de la que fue casa de mi abuela. Como Hermandad sacramental que es, alumbrarán sus caminos los cirios rojos, tan rojos como la urdimbre de claveles del calvario del paso.

 

Pero la razón suprema de la Crucifixión y Muerte del Señor estará siempre constituida por su amor a la Humanidad. Por eso hay que elevar una oración al Cristo del Amor, cuando en la noche del Domingo de Ramos esté saliendo de la Catedral por la puerta de Santa Catalina. El dorado de sus andas dará soporte a las cresterías donde se integra su calvario de claveles rojos.

 

El último momento de Cristo en la Cruz lo simboliza -en el Viernes- la imagen del Descendimiento. Jesús está siendo desclavado y descendido de ella por los Santos Varones en presencia de la Virgen del Refugio, San Juan y las Santas Mujeres. La mezcla de claveles rojos, iris morados y encarnadas rosas formará el contraste con las túnicas blancas y los cubrerrostros y fajines rojos. Lo contemplaremos mientras efectúa el giro para entrar en la calle Deanes.

 

El Lunes, el Cristo de la Salud, de la Hermandad y Cofradía del Vía Crucis, matizará la noche procesional de Córdoba, regulando su orante desfile mediante altares y estaciones. No existe ningún paso para llevar la imagen. Sólo va sostenido por los hombros de sus nazarenos, alumbrados con cirios de tiniebla amarillentos, intercalados con parejas de penitentes portadores de cruces. Las catorce estaciones del Vía Crucis y esta sobrecogedora procesión son el máximo exponente de la Ceguera. La ceguera del hombre, dando muerte infamante a su Dios y Creador.

 

La colectiva ceguera

hundió al hombre, de tal suerte

que le dio a su Dios la muerte,

sin entender que lo era,

mas como también la hoguera

crepitante del Amor

fue ceguera del Señor,

él nos señaló la vía,

porque su cruz es la guía

del eterno resplandor.

 

Ceguera en signos dotados

de inconfundibles señales,

por Cristos procesionales

vilmente crucificados.

Los párpados apagados

son noria sin arcaduz,

mas como cambiarla en luz

Dios la ceguera ha previsto,

nos está esperando Cristo

con sus dos brazos en cruz.

 

Hay un momento especial del Viernes, promovido por la presencia de la imagen de la Virgen del Buen Fin, acompañante del Descendimiento. Este es un momento en blanco. Es la indecisión de la transición, sin duda desgarradora. Tiempo muerto, en el que el cuerpo inerte del Señor va a pasar de la Cruz al regazo amoroso de la Madre. Pero todavía no le ha llegado. Todo es dolorosa incertidumbre. En blanco. El símbolo pleno son las flores del paso: claveles, gladiolos, orquídeas y rosas. Todas armonizadas con la plenitud de su blancura.

 

En el anochecer del Jueves Santo de 1935, Federico García Lorca estaba entre un grupo de amigos en la calle Muñoz Capilla, frente a las Rejas de Don Gome. El gentío y los nazarenos de la procesión abrieron sitio al majestuoso paso de la Virgen de las Angustias, procedente de la iglesia de San Agustín. Aquel momento lo reflejó el poeta de la manera siguiente:

 

Molde de la estrecha vía

dos hileras luminosas:

presidenta de las rosas

viene la Virgen María.

De plata y de pedrería

lleva las andas repletas,

y a su paso, las saetas,

para más lujo y derroche

se están clavando en la noche,

constelada de cornetas.

 

Las Angustias es uno de los puntos culminantes de la Pasión. Cristo, muerto, yace inerte en los brazos de su Madre. Conjunto emocionante y bellísimo a pesar de la consternación de la Señora. Nos lo recuerda Antonio Arévalo, con una de las mejores letras de saetas que se han dedicado a nuestras vírgenes. Esta es:

 

Madre, de Angustias herida,

de Córdoba joya y flor,

llevas en brazos la Vida

y vas muerta de dolor.

 

Del regazo de Nuestra Señora el cuerpo de Cristo fue trasladado al Sepulcro. El hecho de que en Córdoba esté representado por una urna encristalada permite la contemplación de la imagen desde cualquier punto. Conmueve cuando lo hacen pasar con cuidadosa lentitud. La cabeza del Señor reposa sobre un cojín de raso morado con borlas de oro, mientras que el restante contorno corporal, sin otra vestidura que el breve sudario, se nos presenta sobre una sábana de lino ribeteada de encajes. Las andas van profusamente adornadas con densos lirios morados. Un lugar donde encaja la procesión es en la Catedral, pasando bajo los arcos de la capilla de Villaviciosa.

 

El pueblo –en absoluto silencio- aporta al cortejo la sinceridad de sus dolientes sentimientos. Es la máxima solemnidad, refrendada por la asistencia episcopal, el clero y las autoridades civiles y militares.

 

Hemos llegado al recorrido final. Al punto culminante de la Pasión. Que no es otro que la Soledad. Al pronunciar esta palabra estoy expresando la impresión más tremenda que se puede sentir en la vida: hallarte sola; encontrarte en la total carencia de compañía. Y mucho más cuando se ha alcanzado tan desdichada situación a causa de la muerte de un hijo, siempre bienamado.

 

La Soledad de la Semana Santa cordobesa se manifiesta mediante cuatro imágenes: Nuestra Señora del Desconsuelo, amorosa acompañante del Santo Sepulcro; María sola en el Calvario, rosa mística de la parroquia de Santiago; Nuestra Señora del Mayor Dolor, dolorida  seguidora del Jesús del Calvario y la Virgen de la Soledad, hermosa reina que sale en procesión de la iglesia de San Cayetano, formando parte de la Hermandad de Jesús Caído. Cuatro imágenes representativas de la Soledad.

 

El número cuatro tiene en esta ocasión una coincidencia simbólica. Está relacionado con la cruz, porque de él se forman sus cuatro lados. Nuestras cuatro Soledades constituyen por arte, belleza, tradición y fe, las cuatro verdades donde se apoyaron nuestras creencias, los cuatro puntos cardinales de nuestra religiosidad. En la expresividad de estas Soledades están fundamentadas las voces de los cuatro evangelistas.

 

Entre saetas en flor,

nuestras cuatro Soledades

dan singular resplandor,

porque sus cuatro verdades

nacieron de un solo amor.

 

Por eso es simple y escueta

la voz, que en las madrugadas,

une, emociona y concreta

las cuatro, representadas

en una sola saeta.

 

“Como entiendo tu verdad,

quiero llorar con tu llanto,

apiadarme en tu piedad

y quebrarme en tu quebranto,

Virgen de la Soledad”.

 

En la noche del Viernes se han ido agrupando las estrellas para concentrarse en tres potentísimos haces de luz. La plaza de Capuchinos, siempre mortecina a causa de sus precarias luces, queda iluminada por el primero de los imaginarios focos, que derrama su luz sobre la imagen de la Virgen de los Dolores, celestial Madre de Córdoba. El recinto está abarrotado de personas, cuyo número se recrece con la progresión de los hermanos nazarenos. La Virgen de los Dolores está regresando a su templo, después de haber realizado su desfile. Abruman las saetas. Ya lo dijo en el año 1941, Antonio Molina Manchón, en una de ellas:

 

Un Cristo y ocho faroles,

la plaza cruje de gente

y María de los Dolores,

con el dolor de la muerte

va entre saetas y flores.

 

Como horas antes, a la salida de la procesión, otra famosa letra, igualmente de 1941, escrita por Francisco Pérez Salinas, había dicho:

 

Hospital de San Jacinto,

cubre tus puertas de flores,

que sale de tu recinto

la Virgen de los Dolores

para el entierro de Cristo.

 

O la compuesta varios años después por Francisco Arévalo:

 

Por la cuesta del Bailío

subí entre llanto y clamores

a decirte que en ti fío,

María de los Dolores,

consuelo del dolor mío.

 

Este es el momento en que las saetas se cruzarán velozmente, y también el que dará lugar a la fijación del primer haz de luz, en la Virgen de los Dolores.

 

Inmediatamente, el segundo proyector luminoso se apoderará de la  blanca fachada del templo conventual de los Padres Capuchinos y atravesará los espesos muros para ceñirse a la preciosa imagen de Nuestra Señora de la Paz, que posee tiempo y espacio para hacer su procesión en el Miércoles, pero cuya mención he retenido para este momento, porque ya en la fase final del pregón, es su advocación la que debe poner broche de oro.

 

¡La Paz!

 

Esplendorosa palabra femenina.

 

Cuando en la Santa Misa nos damos fraternalmente la Paz, estamos manifestando el deseo más profundo de la Humanidad. El término solamente posee tres letras; pero ellas constituyen la esperanza de todos los seres creados por Dios.

 

¡Paz! Tres letras en un aldabonazo de una sílaba ¡Paz!

 

Tres letras de amor. Como el de los tres focos imaginarios que he centrado en la plaza de Capuchinos, para hacer destacar las notas fundamentales de esta noche única. El segundo ha sido fijado sobre la Virgen de la Paz.

 

Y ha llegado el momento de proyectar el tercer haz de luz. Pero éste va a ser dirigido hacia la fachada de la iglesia de San Jacinto, sede de la Madre Dolorosa. Allí, junto a las portadas de acceso al recinto, figura, con las mismas medidas de la obra original, un azulejo instalado en 1921, que reproduce en un solo tono de color el  cuadro de Romero de Torres que dio lugar a la pieza oratoria que estoy pronunciando.

 

En tan evocador azulejo, entre las cuatro criaturas que le brindan sus temas –Pobreza, Invalidez, Prisión y Ceguera- Amalia la Gitana sigue, sin que nadie tenga posibilidad de silenciarla, cantando perpetuamente “La Saeta”.

 

De la Madre del Dolor

a la Virgen de la Paz,

se estableció un doble haz

de avivado resplandor,

mas para forjar mejor

el pregón y su estructura,

el haz tercero asegura,

con vivacidad galana,

que el cante de la gitana

le dio al cuadro su hermosura.

 

La plaza de Capuchinos,

retablo de lo veraz,

nos indica que es la Paz

el mejor de los caminos.

Y como alientos divinos

me dieron su protección,

he cumplido la misión

y mi actuación se completa,

porque glosé a “La Saeta”

y le doy fin al pregón.

 

                                                               María del Sol Salcedo Morilla

                                                               Córdoba, 27 de marzo de 2004